"Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder". John Quincy Adams

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martes, 21 de julio de 2015

Infografía: 5 características del Mediocre Inoperante Activo



Identificar correctamente a quienes padecen el Síndrome de la Mediocridad Inoperante Activa, puede ayudarnos a protegernos, a resituarnos o directamente a tomar la decisión de cambiar de trabajo.

Porque estar a su lado puede llegar a ser insufrible.

Muchos de ellos -los que tienen poder- son auténticas armas de destrucción masiva.

En esta #infografía resumo 5 los comportamientos que les caracteriza:





 

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martes, 23 de junio de 2015

Frozen: cuando sobran las palabras


En este blog ya os he hablado de la gestión de conflictos y de cómo cada un@ de nosotr@s nos enfrentamos a ellos. Hoy me apetecía hacerlo sobre los que yo llamo “conflictos frozen”, los que se gestan a base de distancia, posturas forzadas y silencios aplastantes.

Si alguien a la vista del conflicto soterrado nos pregunta ¿qué es lo que sucede? no sabremos concretar.

En la relación con esa/s persona/s los pequeños agravios han ido acumulándose, resquebrajando la confianza y depositando capas de hielo sobre ella.

¡Eso sí! Nadie podrá decir qué es lo que se debe arreglar, cual es el conflicto real oculto; simplemente bajo una forzada capa de helada cordialidad se esconde un volcán de emociones tóxicas a punto de entrar en erupción que hacen irrecuperable la normalidad.

En el ámbito laboral, este tipo de conflicto crea una onda expansiva que acaba alcanzando al resto de miembros del equipo o colaboradores, quienes ante la presencia de los combatientes de guante blanco se sienten incómodos compartiendo ese ambiente helado.

Pero lo que realmente diferencia el conflicto frozen es que el paso del tiempo imposibilitará resolverlo mediante el diálogo. ¿Por qué? te preguntarás.

Ahí van 4 posibles respuestas:

 1.  Cómo hablar de lo que “no ha existido”. 

Aparentemente no ha sucedido nada, no existe una mala relación, ni palabras malsonantes, ni hechos concretos ni desavenencias por resolver. Simplemente hay distancia que puede confundirse con precaución, razón de piel, incompatibilidad…
 
 
2.   Cómo hablar de un problema del que desconozco su origen.
 

Las partes implicadas esperan conocer qué ha hecho al otro acortar la cercanía de antaño (partiendo siempre de la base de que es "el otro" el que se siente herido sin razón aparente y muchas veces, de manera honesta, se desconocen los motivos).
 

3.  Cómo hablar cuando la paranoia nubla la razón.
 

Cuando uno se esfuerza en mantener la calma y aparentar normalidad, difícilmente puede sentarse y poner fin a esa tempestad interna que lo está arrasando todo.

Sólo se sabe que hay que protegerse pero no contra qué, por lo que la duda de ¿estaré vendo fantasmas? planea constantemente en esos encuentros.

 
4.  Cómo hablar cuando no hay nada que decir.
 

No somos capaces de concretar, simplemente la relación se ha congelado, por múltiples motivos. El que no los reconozcamos no quiere decir que no existan.

Ante esta circunstancia ¿qué podemos reprochar sin recibir reproches?

 

Por eso, cuando aparece el conflicto frozen, sobran las palabras, tal vez porque las debimos utilizar antes, mucho antes de su aparición.

 
¿Qué opinas tú?

 

 

 

 

martes, 26 de mayo de 2015

El síndrome del impostor.


Sí, sí, existe y aunque no esté catalogado como enfermedad mental, es un trastorno que identificaron las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes allá por 1978.

En la píldora formativa de hoy, aprenderemos gracias a Patricia Ramírez (tienes el vídeo íntegro al final del post) qué es, cómo se identifica y pautas para minimizar su efecto.

 
Qué es el síndrome del impostor

Quienes lo padecen –personas exitosas a nivel profesional- son incapaces de interiorizar sus logros.

Creen que su éxito (normalmente llega rápido y es contundente) se debe a circunstancias externas: el azar, la oportunidad, la suerte. Ellas (sus conocimientos, habilidades, talento) poco o nada han tenido que ver en ello.

Pasaban por allí, y ¡oye, así a lo tonto, de pronto eran directivos de una multinacional o habían vendido más de 200.000 ejemplares de ese librillo que escribieron en un suspiro!

Como minimizan, por no decir que ocultan, su propuesta de valor, se convencen de que ésta no existe y de que algún día en algún momento alguien se dará cuenta de que son un auténtico “tongo”, un fraude.

Sienten realmente que lo son.

Están convencidos de que los demás acabarán por descubrirlos y señalarles con el dedo acusador.

Viven angustiados por la inseguridad y el miedo.

Para no caer en él, mantén a raya sus causas.

1.   Baja autoestima.

Si no eres capaz de reconocer tus méritos, tu talento, aquello que haces especialmente bien, difícilmente disfrutarás de lo que consigas.  

El reconocimiento externo es necesario pero el interno, el que te dices cada mañana al mirarte al espejo es realmente un  gran impulsor.

No se puede andar con la autoestima a la altura del tobillo, porque es muy probable de que sin querer o queriendo otros te la pisen.

2.  Exceso de humildad.

Entre el autobombo, el hablar y hablar de lo bien que sabes hacerlo todo y que el mundo se mueve gracias a ti, y el más absoluto de los silencios hay un término medio.

No sólo debes decirte a ti mism@ “oye, qué bien me ha salido esta tarta” “estuve brillante en la reunión” “qué bien estoy llevando este proyecto”, sino que debes dar un paso más y contarlo a tu entorno.

Hablar de los méritos es necesario.

Si no lo haces tú ¿Quién crees que lo va a hacer? 

3.  Atribución éxito fracaso.

Como dice Patricia Ramírez, parece que sin esfuerzo no se consiguen las cosas.

Aquella frase de “la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar con sudor”, se nos ha quedado grabada a fuego en la mente y en el alma.

El esfuerzo es importante, pero es cierto que todos tenemos una habilidad especial para hacer “algo” y ese “algo” lo hacemos como por arte de magia, rápido y bien. No nos cuesta. Pero a otros sí.

Como no te cuesta (es el signo más claro de un talento natural), no le das importancia, es más, se la restas. 

Las personas que padecen el síndrome del impostor, son talentosas y muy competentes pero para ellas conseguir el que las cosas salgan así de bien es su deber, y cometer un error, por pequeño que sea, una falta que no se perdonarán fácilmente.

 ¿Y cuáles son las pautas a seguir si claramente “padeces” este síndrome?
      Patricia Ramírez nos propone las siguientes.


 

¿Quieres ver el vídeo completo?
http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-entrevista-patricia-ramirez-sindrome-del-impostor/3016083/#aHR0cDovL3d3dy5ydHZlLmVzL2FsYWNhcnRhL2ludGVybm8vY29udGVudHRhYmxlLnNodG1sP3BicT0yJm1vZHVsZT1PVEhFUiZzZWN0aW9uRmlsdGVyPTU4MzUwJm9yZGVyQ3JpdGVyaWE9REVTQyZtb2RsPVRPQyZsb2NhbGU9ZXMmcGFnZVNpemU9MTUmY3R4PTM3NDEwJm1vZGU9VEVYVCZhZHZTZWFyY2hPcGVuPWZhbHNl
Imagen: Pixabay
 

martes, 5 de mayo de 2015

Infografía: 8 protectores de tu felicidad


Los que me seguís sabéis que me gusta muchísimo la definición que Luis Rojas Marcos hace de la Felicidad, como el nivel de satisfacción que cada uno de nosotros tenemos con nuestra vida; no con una parcela, sino con todas y cada una de ellas valoradas en su conjunto.

Y lo que es más importante, que debemos protegerlas.

Por eso comparto con vosotros esta #infografía sobre 8 protectores que te ayudarán a mantener esos “niveles” de satisfacción, es decir, tu felicidad.



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martes, 14 de abril de 2015

La culpa la tiene el suelo pegajoso


¿Qué es el suelo pegajoso y qué tiene que ver con la delegación de tareas en el ámbito laboral? Buena pregunta a la que intentaré responderte.

Estamos acostumbrados a asociar el término suelo pegajoso a la dificultad a la que nos enfrentamos, básicamente las mujeres, cuando al querer conciliar vida familiar y laboral nos sentimos atadas a tareas domésticas y de cuidado que nos fueron asignadas social y culturalmente hace siglos, y a las que intentamos dar salida nosotras solitas y diariamente (a todas ellas sin que falte una) haciendo juegos malabares.

Siempre hay excepciones, pero en términos generales "el ungüento" que nos mantiene pegadas a ese suelo pegajoso, es la incapacidad que en general tenemos (aunque nos cueste confesarlo) de dejar de hacer nuestras tareas delegándolas - al 100% y con todas las consecuencias- en el resto de miembros de la unidad familiar.

Nada de ¿te ayudo o me ayudas?, sino de un reparto real de responsabilidades. ¡Uff! Dificil ¿no?

Y precisamente porque nos resulta difícil, hacemos amagos cuando el vaso está a puntito de rebosar, pero no rematamos.

Tras la tempestad, volvemos a coger el timón hasta la próxima sacudida, haciendo que el resto de la familia se acostumbre a que seas tú la que hace listas interminables de productos a comprar, labores a realizar, citas a las que asistir, a que te pases el día de mal humor y frustrada por no tener tiempo ni para respirar.

Se acostumbran porque es lo más fácil.  

¿Dónde reside realmente el problema? ¿Quién tiene la culpa?

Como normalmente suele ocurrir, la falta de delegación -real y consecuente- suele formar parte del núcleo duro de este fenómeno que va retroalimentándose hasta convertirse en una gran bola de insatisfacción, frustración y mal rollo.

¿Y cómo podemos despegarnos?

Hagamos un repaso por las situaciones más habituales y los mantras de deberíamos repetirnos, para dar pequeños pasitos hacia la delegación y a lo que conlleva ¡la liberación!:
Situación 1:

Frases que la identifica: “¡Mamáaaaa! ¿Sabes dónde guardé los calcetines azules? o “Cariño, ¿qué botón es el del programa de prelavado?”


Situación 2

Frase que la identifica: “¡Así no se tiende la ropa!”.




 Situación 3

Frase que la identifica “¿Pero aún no has terminado de planchar las camisas? Anda trae que las planche yo, que si no…. ¡¡Hoy no cenamos!!”



Situación 4

Frase que la identifica: Domingo por la mañana: “Pero ¿qué haces ahí sentado leyendo el periódico? Hay que hacer las camas, poner dos lavadoras, preparar la comida de toda la semana, tenemos que ir a ver a tus padres y a los míos, recoger la ropa,...”



Ahora te propongo un ejercicio.

Vuelve a leer esos mantras desde otra perspectiva, esta vez olvídate de las tareas domésticas y céntrate en el ámbito profesional ¿no crees que aplican? ¡claro que sí!

Por desgracia la incapacidad de delegar es el día a día al que se enfrentan muchos jefes sobrepasados y sufren sus equipos desmotivados.

Al final va a ser verdad: La culpa la tiene el suelo pegajoso.

O no. ¿Qué opinas tú?

martes, 24 de marzo de 2015

7 pecados que podemos cometer al hablar.



 
La píldora formativa de hoy tratará de lo que Julian Treasure denomina “Los 7 pecados capitales que podemos cometer al hablar” ; esos que hacen que quien nos escucha, deje de hacerlo para simplemente comenzar a oir un zumbido más o menos molesto que no conseguirá, en ningún caso, calar, llegar, entregar ningún mensaje.

Al leer el enunciado me dije “seguro que alguno de ellos los habré cometido, pero no será para tanto.”

Puedo asegurarte que me llevé una sorpresa.

Para que esta píldora sea efectiva, quiero que recuerdes la última vez que sentiste de una manera clara y contundente que tu interlocutor no te estaba escuchando.

¿La tienes? Bien, recuérdala y tenla presente cuando leas estos pecadillos que todos, en mayor o menor medida, cometemos al hablar:
 

1.  Los chismes.

No como algo puntual, sino como seña de identidad.
Cuando nos encontramos ante una persona que sistemáticamente adorna su discurso con cotilleos, con dimes y diretes y, lo que es peor, con críticas directas hacia otras personas (un día es uno, otro día es otra… no se salva nadie), directamente dejamos de escucharle.
Nos desconectamos.
Queremos que la conversación se termine, porque sabemos que esa persona más pronto que tarde comenzará –si no lo ha hecho ya- a hablar mal también de nosotros.

En esta situación: No te escucho porque no me interesa interactuar con alguien que va a utilizar y deformar todo lo que comparta con él/ella.
 
2.  El juicio constante.

Hay personas cuyo discurso gira en un 90% alrededor de lo que bajo su punto de vista son o hacen los demás.
Juzgan sin piedad y normalmente sin conocimiento real de lo que hay detrás.
No muestran empatía, no saben ponerse en el lugar del otro.
La crítica hacia el exterior muchas veces camufla una falta de crítica hacia el interior.

¿Escucharías de manera activa a alguien así, a alguien que te hace sentir que también tú estás siendo juzgado: por tu ropa, por tu pelo, por tu coche, por tu trabajo, por cómo te expresas…?
 
3.  La negatividad.

Hablamos aquí de marca personal, de la huella que dejan en nosotros estas personas a las que yo llamo “la salsa de soja de la vida” porque todo lo ven negro.
Es difícil querer comunicarse con alguien que no ve absolutamente nada positivo en cuanto le rodea.
Catástrofes, males, jugarretas, encerronas… todo lo que te puedas imaginar y más, será lo que escuches cuando te relaciones con ell@s.

En esta situación no escuchamos porque todos necesitamos un poquito de ilusión, de optimismo, de conversaciones equilibradas y huimos de los cenizos por pura salud psíquica.
 
4.  La queja.

Puede parecer que de este pecado hemos hablado ya.
Y es que normalmente suele ir de la mano de la negatividad, de la crítica y de la constante necesidad de juzgar.
La desconexión por abusar de este pecado es tal vez la más fácil de detectar.

Desconectamos por puro cansancio, por el aburrimiento que causa escuchar por enésima vez y con el más mínimo detalle los reproches hacia la situación que no gusta o que se desea cambiar y porque la conversación con esa persona, siempre, y en todo lugar gira en torno a él/ella y las circunstancias que le agobian.
No hay espacio para más.

Y es que poner un quejica en tu vida da pereza.
Bastante tenemos con nuestros problemas como para tirar de los de los demás.

 5.  Las excusas y el lanzaculpas.

La culpa de todo la tiene siempre el otro o antes de entrar en conversación te cuenta las miles de circunstancias que ha tenido para no poder llamarte (simplemente porque no tiene las narices de ser sincer@ y decirte que se le olvidó o simplemente que no le apetecía).
La primera vez, vale.
La segunda, tercera y cuarta, puede valer.
A partir de la quinta dejas de escuchar la retahíla.
No te interesa descodificar tanto mensaje.
 
6.  La exageración y la mentira.

De este pecado no hace falta hablar.
Creo que la mayoría dejamos de escuchar a esas personas que inventan bolas enormes, constantemente y sin venir a cuento.
Salvo que seas otr@ mentiros@ complusiv@ y quieras vivir la conversación como un concurso de “a ver quién puede más.”
 
7.  El dogmatismo.

Sentar cátedra frente a todo y por norma, puede incomodar a la otra parte y hacer que no se atreva ni a respirar.
Cargar de dogmatismo un discurso y hacerlo nuestro sello de identidad hace que la comunicación no sea fluida.
La persona con discurso dogmático se posiciona en un extremo y es la primera en no escuchar las alternativas que pueden darle los otros.

¿Cómo pedir que le escuchen si él/ella no lo hace?
 

Hecho el repaso, recuerda de nuevo la situación que te pedí recrear al principio (la última vez que sentiste que no te escuchaban) e intenta responder a estas preguntas:
 
·         ¿Qué quería decirle realmente a esa persona?

·         ¿De qué hablé? (Detalla más o menos los puntos tratados)

·         ¿Cuándo noté que dejó de escucharme?

·         ¿Qué dije antes de darme cuenta de ello?

·         ¿Qué hice después de saber que ya no me escuchaba? (Seguí hablando, me callé, cerré la conversación, etc.)


Si ya has detectado tu “pecadillo” ahora toca trabajar para evitar cometerlo de nuevo y para que situaciones como las que has analizado no vuelvan a darse, consiguiendo que tu comunicación sea más efectiva.

 
¿Quieres ver el vídeo completo?

https://www.ted.com/talks/julian_treasure_how_to_speak_so_that_people_want_to_listen?language=es
 
Imagen: Pixabay

 

martes, 3 de marzo de 2015

Qué quieres en realidad: trabajadores alineados ó alienados.


Tras el juego de palabras se esconde toda una filosofía empresarial.

La mayoría de las organizaciones esperan que sus empleados estén alineados con la estrategia, que compartan sus principio, valores y objetivos pero, ¿lo desean realmente, o más bien requieren que se siga al CEO hasta el infinito y más allá, sin dudas y sin rechistar?

No se puede generalizar. Afortunadamente hay empresas que apuestan por lo primero y hacen evidente este principio. Pero otras…

Hace ya algunos años llegó a mis manos una propuesta de evaluación del desempeño en la que se pretendía valorar, entre otros aspectos, la alineación estratégica del candidato evaluado. Es más, se pedía al propio evaluado que presentara ante el evaluador evidencias empíricas de la ansiada competencia.

Creo que muchos de vosotros estaréis conmigo en que la propuesta era, a priori y en el mejor de los casos, especial.

La empresa en la que se quería implantar, era una organización con serios problemas de liderazgo y comunicación; las encuestas de clima laboral que me dejaron ojear mostraban resultados evidentes y demoledores: el descontento aumentaba; el despliegue de objetivos empresariales había quedado en una secuencia de propósitos no explicados, lo que hacía que fueran opacos para la mayoría de empleados, a los que se les comunicaban los objetivos anuales muchas veces sin explicarles en qué consistía realmente su contribución al logro de los mismos; se ponían en marcha proyectos, nuevas líneas de productos, comités participativos que eran conocidos únicamente por los participantes…

En fin, una estructura en la que difícilmente se podía asegurar, así con un simple vistazo, que sus empleados estuvieran alineados con la estrategia, simplemente porque ésta no existía o de existir no era en absoluto conocida.

Siendo el descontento tan evidente ¿qué se quería conseguir realmente con esta evaluación? Posiblemente acallar voces disonantes. No lo sé.

Cuando se dirige, en ocasiones resulta difícil encajar las críticas, sean o no constructivas.

Hay quienes aparentemente desean estar rodeados de un equipo cohesionado e involucrado cuando lo que esperan en realidad es que éste se convierta en su coro de palmeros.

Si pretendemos que nuestros colaboradores se alineen con la estrategia empresarial, tenemos que trabajar duro, más que decir cosas (sin duda importante) hay que hacer cosas; lo dicho y lo hecho deben fluir en armonía, en consonancia.

La incoherencia se detecta a la legua y es un ingrediente que en cocción lenta produce un gran suflé.

Si eres de los que realmente quieres la alineación estratégica de tus colaboradores, ahí van tres sugerencias:

1.   Explícales claramente cuál es la misión, visión y valores de la empresa y lo que es más importante, del área de la que eres responsable.

Muchas veces esto se da por supuesto. No lo hagas, dedícale el tiempo necesario a establecer esa unión entre lo que hacéis y por qué lo hacéis.

2.   Reformula el despliegue de objetivos.

No des por sentado que unas líneas en un papel, en una presentación o en un dossier sobre objetivos generales de la compañía son suficientes para que tus colaboradores sepan:

a.   Por qué se han fijado esos objetivos y no otros tanto para el departamento como para él/ella.

b.   En qué medida es importante que éstos se cumplan.

Debes ser capaz de concretar, de hacer entender al colaborador cómo su aportación, su valor añadido es fundamental para que los resultados se consigan.

3.   Deja espacio para la innovación y las iniciativas que os ayuden a mejorar resultados.

Ese sin duda será un indicador de que vas por el buen camino, de que tus colaboradores tienen claro donde queréis llegar y por qué.

No todas las propuestas podrán ponerse en marcha; explícales el motivo de no hacerlo: por tiempos, por prioridades, por recursos… todo menos “porque no y punto” (tanto explícito como implícito).

Ahora bien, si lo importante es que tu equipo te siga cual capataz de plantación algodonera… no te molestes, y sobre todo no les engañes: no quieres que estén alineados, sólo alienados y ellos lo saben.

¿Qué opinas tú?

Imagen: Pixabay







martes, 10 de febrero de 2015

Infografía: 5 hábitos para desarrollar resiliencia


Te preguntas cómo puedes llegar a ser resiliente. Echa un vistazo a las 5 características que identifican a las personas resilientes. Conviértelas en hábitos.


 
 



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martes, 13 de enero de 2015

El Optimismo Inteligente.


Comenzamos el año 2015 con un vídeo de esos que motivan, que nos gusta ver porque simplifican aspectos que creemos imposibles, difíciles, desagradables, que nos merman energía y nos amargan la existencia. Nos gusta visualizarlos y compartirlos porque nos dan recetas mágicas que podemos probar y desechar si no nos funcionan.

El vídeo que comparto con vosotros hoy, trata del optimismo inteligente. En él se desgrana qué es y no es el optimismo inteligente, cuáles son los pilares que lo sostienen y las actitudes que han de ser desarrolladas.

Comencemos.  
 Qué NO es optimismo inteligente.

No es una forma de ver la vida de color de rosa.

No es una manera pasiva de aceptar la realidad venga lo que venga.

No es un optimismo ilusorio. 

Entonces si este tipo de optimista no es un flower power ¿ qué es?

El optimista inteligente ve la realidad que le rodea sabiendo que hay cosas que no funcionan, pero teniendo el convencimiento de que todo es mejorable. No niega la realidad, la acepta, pero elige ver el vaso medio lleno y avanzar, en vez de quejarse, arrugarse y quedarse pegado al problema diciéndose así mismo ¡para qué intentarlo!
 
Cuáles son los pilares del optimismo inteligente.
 

En el optimista inteligente, encontramos:

Actitud de acción:   

  • Pase lo que pase, el optimista no sólo cree sino que confía en que las cosas pueden mejorar.
  • Al confiar plenamente en que el problema tiene solución, desarrolla comportamientos que le acerquen a esa resolución o mejora,
  • Generando oportunidades que le ayuden realmente avanzar.

Su lema:

“No permitas que tus palabras encadenen tus acciones”

 
Actitud de cambio:  

Ya hemos visto que el optimista inteligente es consciente de la realidad, acepta lo que está pasando pero no se somete a ella con conformismo. Avanza intentado cambiar lo que a su alrededor no funciona.

Entre las competencias más importantes que todo optimista inteligente posee, está sin duda una gran capacidad de adaptación para seguir desarrollándose y una vez más, seguir avanzando.

Actitud contagiosa:

¿Quién no se ha contagiado del buen rollo que desprenden los optimistas?

El optimismo, al igual que el pesimismo, se contagia.

Imagínate si pudieras “sustituir” a ese compañero, amigo, pariente que te amarga la existencia mostrándote lo dura que es la vida y lo difícil que es todo, por esa otra persona que aun reconociendo que no estás en tu mejor momento, te anima a que te pongas en marcha. ¡Sería la repera!

Pues intenta rodearte de gente así, te ayudará a cambiar la percepción de lo que acontece dentro y fuera de ti.

Y por último, lo más importante:

Ser optimista, cómo dice el vídeo, es una elección (aunque haya estudios que demuestren la importancia de la carga genética en nuestra percepción de la realidad). Ten en cuenta la frase que cierra el vídeo:
 

“La vida puedes jugarla a ganar o a no perder, tú decides”

 ¿Qué vas a decidir tú?


Fuente: pixabay

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